Que El Cielo La Juzgue(c.1) by Ben Ames Williams

Que El Cielo La Juzgue(c.1) by Ben Ames Williams

Author:Ben Ames Williams
Language: es
Format: mobi
Tags: prose_classic
ISBN: 9788466304955
Publisher: L.A.R.A.
Published: 2011-07-22T22:00:00+00:00


6

Habían planeado viajar lentamente. En el primer lugar escogido para acampar, unas millas más allá de la presa, pasaron varios días. Después de la primera noche, en la que apenas pudo dormir, Ruth comenzó a disfrutar de aquella experiencia tan nueva para ella, y a sentirse dichosa tan lejos del mundo y de la civilización. Durante las largas horas que permaneció en la canoa acompañada por Simón, pudo apreciar que éste era un buen compañero. Le preguntó detalles de su vida, y supo que estaba casado y que no tenía hijos.

—Tuvimos uno —dijo Simón—, pero se nos murió. Después no hemos podido tener otro —su granja estaba situada a una milla de la aldea—. Antes de partir dejé plantado el huerto. Mi mujer cuidará de todo hasta que yo vuelva.

Dijo que Jem Verity era el hombre más importante del poblado.

—Un buen negociante... Nunca deja escapar el dinero que se pone al alcance de sus manos. Pero es una excelente persona.

Ruth pensó que Simón era también una excelente persona. Conocía perfectamente la selva por donde avanzaban. Le reveló secretos y bellezas que ella sola nunca hubiese acertado a comprender. Un día la llevó a un arroyo tributario del río y le enseñó la vivienda de castores. Destrozó parte de ella, y ocultos tras unas matas aguardaron hasta que llegó un castor y reparó los desperfectos. Otro día la condujo hasta un pequeño estanque cercano al campamento para pescar en el atardecer. Dos castores jugaban en la orilla y se internaban de vez en cuando en tierra para mordisquear alguna rama de los olmos cercanos. Uno de ellos se sentó al borde del estanque, lavándose el hocico, las orejas y su enorme panza con tal energía que Ruth no tuvo más remedio que soltar la carcajada. El ruido asustó al animal que, después de mirarlos con aire de reproche, se hundió en el agua y desapareció.

Simón le descubría siempre nuevas maravillas y le mostraba cosas inesperadas: una nutria que huía, las huellas de un ratón almizclero, el esqueleto de un pez que debió ser devorado por un visón. Cuando le preguntaba qué eran los ruidos que oía en el silencio de la noche, Simón imitaba el silbido de un mapache, el quejumbroso ladrido de una zorra, el gruñido de un puerco espín. Ruth aprendió a amar aquellas noches tranquilas, cuyo silencio sólo era roto por los apagados rumores de la selva. Le gustaba permanecer despierta, escuchando atentamente, y aunque dormía muy poco, se levantaba siempre fresca y lozana, como si hubiese descansado mucho.

Constaba el campamento de tres tiendas: una grande, que ocupaban Ruth y Ellen, y otras dos más pequeñas. En una de éstas dormían Harland y Leick; en la otra, Tom y Simón. Tom era el más animado del grupo. Su carácter infantil se regocijaba extraordinariamente con las aventuras de la expedición. Simón era el más reposado, a pesar de tener la sonrisa a flor de labios. Cuando Tom reía, el bosque entero parecía hacerle eco. Y si Harland pescaba un buen ejemplar, hacía tanto ruido que sus gritos hubiesen podido escucharse al otro lado del río.



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